El pasado fin de semana, concretamente el viernes a las 17:05 GMT+1 fui secuestrado por un comando terrorista itinerante de liberación marital. El comando en cuestión estaba formado en un primer momento por cuatro miembros, pero contaban con varios topos infiltrados y colaboradores. ¿De que otro modo iban a conseguir llevar a cabo con éxito una misión así? Fui como digo, arrancado brutalmente de mi actividad diaria y obligado a convivir con el comando durante cuarenta y ocho largas horas. En el transcurso de este tiempo fui sometido a diversas torturas físicas y psicológicas de las que todavía no me he recuperado. En las primeras horas del secuestro fui privado de toda comunicación al respecto del destino al que el convoy se dirigía. Tras 300 largos kilómetros a bordo de un Volkswagen Passat azul marino, llegamos a lo que parecía un punto de reunión. Allí, miembros de otra facción de la banda se unieron a los secuestradores y me temí lo peor. Realizaron en un descampado un fugaz cambio de vehículo y nos montamos en una gran furgoneta Mercedes Vito, seguramente tratando de despistar a sus posibles perseguidores. Me obligaron a desvestirme y deshacerme de mi “Emidio Tucci” en plena vía pública y me sentí como los soldados iraquíes a manos de la soldado Lynndie England. Me facilitaron otras prendas las cuales me obligaron a vestir con suma celeridad. El conjunto en cuestión consistía en traje corto de neopreno de 3 milímetros, aletas de snorkel y botella de submarinismo del año 65 equipada con regulador bitraquea, uno de los primeros modelos usados por “Jacques Cousteu”. De esta facha tuve que acceder a un restaurante “temático” y diversos locales. El restaurante emanaba glamour por los cuatro costados. Había diversas fotografías de característicos cantantes de copla y flamenco de aire muy cañí y una espectacular decoración propia de un programa de Lauren Postigo. Tras este arduo y doloroso trance, fui conducido a los locales más fashion y en ninguno de ellos me permitieron acceder alegando que portaba una inapropiada vestimenta. Cosa que todavía no alcanzo a comprender pues no llevaba calcetines blancos ni nada por el estilo y estoy convencido que en el listado de los gorilas no contaba la prenda “aletas de buceo”. Finalmente se nos permitió el acceso a un local en el que permanecimos durante largo tiempo bajo una fuerte corriente de aire acondicionado al tiempo que me eran suministrados diversos brebajes “on the rocks” a lso que denominaban “cacharros” en su particular jerga. Las fuerzas para resistir la tortura comenzaban a faltar y el grupo me condujo a un zulo, aparentemente deshabitado y presumiblemente controlado por la banda. Era, con toda probabilidad, un piso franco para sus operaciones de liberación marital. Cuando por fin conseguí conciliar el sueño, me despertó al grito de “levanta buzo recluta” el más peligroso de todos ellos, el que para mí, sin duda alguna, era el cabecilla del grupo. Habían transcurrido escasas tres horas. Fui conducido de nuevo y sin probar bocado a la furgoneta y trasladado a gran distancia, unos 180 kilómetros. Por el camino fuimos recogiendo a diversos miembros de la banda que seguramente había trasnochado en diferentes lugares con el objeto de no ser descubiertos in-fraganti por sus enemigos o quizá hacían guardia en distintos puestos de control estratégicos. Uno de estos últimos subió al vehículo con unos uniformes de combate que también me obligaron a a vestir. Tras recorrer unos 120 kilometros la furgoneta se detuvo y por fin me permitieron comer algo digno en el clásico mesón de montaña. El oriundo plato se denominaba “Esto son huevicos con panceta maño!!!”. Tras la breve interrupción proseguimos el viaje hasta llegar a una escarpada zona montañosa en la que fui cambiado de nuevo de ropajes, sin dejar eso sí la línea “neopreno” y equipado con un casco protector fui obligado a prácticamente despeñarme por un barranco. Seguramente trataban de esconderse de sus captores huyendo por los más recónditos parajes. El paisaje era un angosto desfiladero rodeado de una frondosa vegetación que lo convertía en lugar húmedo y sombrío. En determinados momentos el agua nos llegaba hasta las rodillas e instantes después se abría ante nosotros una poza de agua de varios metros de profundidad a la que tuvimos que acceder saltando desde siete metros de altura. Tras varias horas de marcha, nado, salto y “rapel” llegamos al mismo punto del que habíamos partido. Esto me confundió mucho, pero entendí que se debía de tratar de alguna moderna técnica de evasión. De nuevo volvimos a un restaurante y esta vez cambiaron sus métodos de tortura, forzándome a ingerir ingentes cantidades de comida hasta que no pude más. Seguidamente, implacables en su intento de evasión nos desplazamos a otra zona de similares características y de nuevo atravesamos grandes zonas inundadas de agua así como escarpadas paredes. Lo peor de esta segunda travesía fue el tramo final, con una gran cuesta de increíble desnivel que parecía no tener fin. Varios de los miembros de la banda, mermados en sus facultades, ya no pudieron acometer este viaje. Otro de ellos, apunto estuvo de no poder completar la subida. Tras este largo y duro castigo, subimos de nuevo a la furgoneta y me llevaron a un segundo zulo. Éste, era distinto algo más pequeño que el primero, pero su utilización parecía restringida a este tipo de misiones. Tras un fugaz paso por el zulo, fui conducido a un segundo restaurante. En él, me sirvieron más alimentos y entonces constaté que si pensaban acabar conmigo no sería de inanición. Después nos desplazamos a determinados locales del ambiente local, en los que no pasábamos desapercibidos debido a que continuábamos portando el mismo uniforme de combate. El tiempo iba pasando y algunos de los secuestradores perdían fuerzas. Finalmente un primer grupo se retiró derrotado y el resto seguimos recorriendo los escasos locales del lugar. Mermados de fuerzas un par de secuestradores me escoltaron hasta el zulo y un último grupo formado por el cabecilla y algunos otros fanáticos continuó patrullando la zona hasta altas horas de la madrugada. Finalmente, al constatar que la zona estaba despejada, regresaron. A las pocas horas de conciliar el sueño, tocaron de nuevo diana. Tras recoger los enseres personales, toda la expedición abandonó el piso franco y regresamos al primer punto de encuentro tras 120 largos kilómetros. El cabecilla del grupo, hacía extrañas señas al conductor para que este se detuviese en la gasolinera. Al parecer, algún tipo de angustia le oprimía en su interior. Tras llegar al punto de encuentro la banda se separó y por la efusividad con la que se despedían, parecía que no iban a verse en bastante tiempo. Los mismos secuestradores iniciales me introdujeron en el mismo vehículo con el que fui secuestrado y tras 300 kilómetros llegamos al punto de partida. Finalmente, fui liberado a las 18:50 GMT+1 en las inmediaciones de mi domicilio. Sensiblemente cansado, confuso y … enormemente satisfecho de contar con unos amigos como esos sinvergüenzas que me lo hicieron pasar realmente bien, muchas gracias a todos chicos (y a todos los colaboradores que de uno u otro modo participaron en este “fregao”). Gracias por proporcionarme este síndrome de Estocolmo :)
sus quiero ! las fotos las iremos colgando aquí (a medida que se vayan recibiendo): http://www.flickr.com/photos/brajan/sets/607588/